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Chau…puto lindo

Mi refugio matinal, mi cable a la locura, mi referente animal, mi artista de alma, mi ser especial, mi angustia oral. Mi todo. Se lleva mis oídos. Me quedo con sus voces.

Perduran en el aire sus ideas, sus lamentos, sus puteadas, sus sonrisas, todos sus fernandos. Versiones distorisionadas de una mente revoltosamente brillante.

Y en mi corazón quedó sellada por siempre su escencia, su inteligencia, su dolor, su pura y extraordinaria belleza.

Con lo que me queda de humor en este día, hago este humilde pero gran puto homenaje, para que no olvidemos ciertas cosas (conceptos, ideas, pensamientos y demás) que nos dejó este gran y maravilloso talento argentino.

Así que por favor, no digan más “DE QUE” cuando no corresponde!!!!! Me tienen haaarrrrrrta!!! ¿¿Cuántas veces hay que explicarlo?? ¿¿Alguna vez escucharon o leyeron en algún lado lo que son las “reglas gramaticales”??? Aprendan a hablar manga de ignorantes!!! Cubículos!!!!! DESCEREBRADOS!!!!!! Agarren un libro y léanlo mientras cagan!!!!! aunque sea la etiqueta de la crema que se ponen en el orrrrto todas las nocheees!!!

POORRRR FAVOOORRRR!!!!!!….

Muchas gracias.

Ah, y Milagros López, serás siempre aquella que imaginé cada día desde mi adolescencia.

Chau, puto lindo.

“Martin Rivoira Lynch”

Para que recordemos a todos los fernandos:

  • Bubba
  • Cristina Patricia Megahertz (La Mega)
  • Delia Dora Fernández de Fernández
  • Ricardo Alfredo Ñuñoa Cruz (Dick Alfredo)
  • Elisa Rufino
  • Johnatan Bermúdez
  • María Elena Rinaldi
  • Mario Modesto Sabino
  • Martín Revoira Lynch
  • Milagros Dolores Guadalupe López López
  • Monseñor Lago
  • Osvaldo Jeringa
  • Pepe (el obituarista)
  • Rafael Orestes Porelorti
  • Roberto María Flores
  • Rubén Ramón Sixto Alegre (Palito)
  • Sepulturero
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Brevísimo resumen para parar y pensar

*[ Al principio eran las palabras. La sabiduría pasaba de boca a oreja, de oreja a boca, de generación en generación, en una tradición oral que duró muchos siglos, equivalente al 99% de toda la historia humana. No había escritura para precisar los conocimientos. Se pintaban bisontes y se estampaban manos en las cuevas, pero todavía no se dibujaba la voz humana, no se codificaba el pensamiento en signos posteriormente descifrables.

En el Irak actual, seis mil años atrás, aparecieron las primeras letras en tabletas de arcilla, en forma de pequeños triángulos.  

Con ellas, los mercaderes recordaban las deudas pendientes. Después vinieron los egipcios con sus jeroglíficos, fijando nociones de medicina y astronomía, de religión y matemáticas. Se escribía sobre papiro y pergamino, luego sobre papel.

Los libros eran escasos, escasísimos. De la mayoría de textos, apenas existía un ejemplar. En Alejandría primero y luego en los monasterios, se sacaban copias a mano, una a una, página a página, agotador esfuerzo reservado a unos pocos iniciados en el arte de escribir. Los reyes y, sobre todo, los sacerdotes monopolizaban el saber.

Los chinos ya la habían inventado en el siglo IX, pero fue Johannes Gutenberg en el XV quien democratizó la escritura con aquellos primeros tipos de plomo fundido. La imprenta hizo posible sacar mil ejemplares de un libro en menos tiempo que el empleado por el copista deslizando sus pinceles sobre una página. Multiplicadas las letras, se multiplicaban los lectores. Renacía el pensamiento, se reformaba la imagen del mundo. Se rompía el oscuro control de Jorge de Burgos, acantonado en el laberinto de su inaccesible biblioteca.

Después de los libros, vinieron los periódicos. Y la libertad de expresión, proclamada en la Revolución Francesa.

La escritura había atrapado las ideas. La imprenta las había puesto al alcance de todos. Ahora cualquiera podía interpretar la célebre Biblia latina de 42 líneas, primera publicación del fundidor alemán. Ahora todos podían leer —si aprendían a leer— las parábolas de Jesús y las arengas de Moisés. ¿Cómo, sin embargo, las dirían ellos? ¿Cómo habrán pronunciado esos mensajes? Las palabras estaban ahora ahí, escritas, cristalizadas en signos. Pero, ¿cómo habrán sonado en boca de sus autores? ¿Cómo hablaría Bolívar, cómo declamaría sus poemas Sor Juana Inés, cómo resonaron las últimas palabras de Túpac Amaru en la plaza grande del Cusco? Nostalgias del sonido disuelto en el éter, irrecuperable.

El invento de la fotografía capturó la luz. Había que inmovilizarse media hora ante la cámara para sacar un daguerrotipo, pero ahí estaba la plancha de cobre, quedaba una constancia más allá de la retina. Sin fotos, los rostros se escapaban como el agua de los ríos. Los cruzados regresaban de sus absurdas e interminables batallas y reconocían a sus mujeres por un lunar en la pantorrilla o por una contraseña secreta. Los rasgos de la cara, después de tantos años de ausencia, ya se habían borrado en la memoria de ambos.

¿Y el sonido? ¿Sería más inasible que la imagen? El 24 de mayo de 1844, Samuel Morse, un pintor norteamericano, inventó el telégrafo. Las letras se traducían en una clave de puntos y rayitas. Con impulsos eléctricos cortos y largos, a razón de quince palabras por minuto, se podían despachar mensajes a través de delgados hilos de cobre casi a la misma velocidad que la luz. No se necesitaban carros, barcos, caballos o palomas para comunicarse de un extremo a otro del país. O de un país a otro, con tal que hubiera tierra donde clavar los postes y tender los cables.

El telégrafo, por primera vez, brindó inmediatez al conocimiento. Pero no era el audio real de la naturaleza ni las palabras vivas de la gente las que viajaban a través de aquella primera línea entre Washington y Baltimore. Los telegramas, como su nombre indica, venían siendo una escritura a distancia, una carta sin tinta ni papel. El sonido todavía no sabía viajar solo, sin la tutoría de un idioma artificial.

En 1876, Alexander Graham Bell, físico escocés radicado en Estados Unidos, lo logró. El teléfono transformaba el sonido en señales eléctricas y lo enviaba, valiéndose de micrófonos y auriculares, por un tendido de cables similar al del telégrafo.

La voz humana iba y venía sin necesidad de ningún alfabeto para descifrarla. Si viajaba la voz, podía viajar la música. Y cualquier ruido. El sonido había roto para siempre con la esclavitud de la distancia. Hasta en un pequeño teatro, los actores y las actrices tienen que proyectar la voz para ser escuchados desde las últimas filas. Ahora, con aquel aparatito a manivela, las palabras se impulsaban sin esfuerzo, casi a 300 mil kilómetros por segundo, rompiendo toda barrera espacial.

Antes del teléfono, como señala Bill Gates, la gente creía que su única comunidad eran sus vecinos. Casi todo lo que se hacía se efectuaba con otros que vivían cerca  Había que salir de casa, desplazarse, para saber de un familiar enfermo o concertar una cita. El teléfono facilitó la vida cotidiana, acercó a los humanos como nada lo había logrado hasta entonces. Todavía ahora, un siglo después del invento de Bell, nos asombramos cuando estamos en pijama, en casa, apretamos unos simples botoncitos y al instante conversamos con un amigo que vive en Australia.

Voz viva, directa, comunicación de ida y vuelta, ya sin espacio. Pero siempre amarrada al tiempo, el implacable, como diría Pablo Milanés. ¿Si llamabas y no había nadie en el otro extremo de la línea? ¿Si dabas una noticia y el otro la agrandaba o tergiversaba a su antojo? ¿Cómo probar que tú dijiste esto y yo no dije aquello? La voz no dejaba huellas. De cerca o de lejos, el sonido se lo llevaba el viento, no quedaba registrado en ninguna parte. En 1877, un contemporáneo de Bell, el norteamericano Thomas Alva Edison, experimentaba con un cilindro giratorio, recubierto de una lámina de estaño, sobre el que vibraba una aguja.

Después de múltiples ensayos, aquel genio consiguió escuchar una canción grabada por él mismo. Había nacido el fonógrafo, abuelo del tocadiscos.9 El sonido había alcanzado la inmortalidad.

El tiempo no se robaría más las voces del mundo. Con el nuevo invento, se podrían documentar los acontecimientos, repetir cuantas veces se quisiera la canción preferida y tocar el himno nacional en los congresos sin necesidad de orquesta. Se podría seguir oyendo a los muertos, como si estuvieran vivos.]*

*[ ]Manual urgente para radialistas apasionados, José Ignacio López Vigil (2005) 

 

 
 

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¿Cantidad…o Calidad?

¿Es importante la interacción entre los elementos fructíferos y la absorción de la materia humana? ¿Tenemos, acaso, nosotros mismos que ocuparnos de la benevolencia oriental? ¿Es así como las culturas australianas sobreviven a pesar de los objetos voladores no identificados? ¿Y si los identifican?….

Preguntas, cuántas preguntas ha demostrado el ser humano capaz de hacerse a él mismo. Siendo éste quien las responde de forma omnipotente. Hé aquí mi cuestión.

Si nosotros mismos hemos hallado las respuestas a nuestras preguntas…¿Implica estar acertados?…Nos queda entonces una segunda cuestión en consecuencia…¿Estaremos en lo cierto?…

Infinita interrogancia.

¿Quién define acaso el bien y el mal? ¿Qué debemos elegir? ¿La oscuridad o la luz? ¿El vaso medio lleno con barquitos de pastafrola o medio manchado con rouge? ¿Alfano o Alé? ¿”Alé-alé-alé” dijo Ricky Martin y nos dejó una caja negra antes de morir? ¿Murió realmente Carlos Gardel?…

Muchas veces…creemos.

Muchas veces…peligrosamente creemos.

Ojo al piojo.

Eso es todo por hoy.  Se los dejo para que lo piensen. Quizás me ayuden a encontrar respuestas…quizás…no.

PD: Aumentó el bondi, que lo parió carajo.

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Mañana en el Abastoooo……

El ruido del motor del bondi me saturó el bocho…busqué en mi cartera los auriculares y me los clavé “en la cien”…..

(…..maaañaaanaaa dee soooll…..bajooo pooor eeel ascensoooor…)

…el sol bañaba mi rostro y me obligaba a juntar mis pestañas…..

(….Tomateesss podriiidooos…por laaas caalleees del Abastoooo…..)

…abro los ojos y veo pasar el gran Abasto…..

(….Paradaaa Caaarlos Gardeeel, es la estacióoon deel Abastoooo…..)

….frena el bondi en el inmenso cartel rojo por encima de las cabezas….

 

Gracias Luca

Gracias Luca

“Las lentes son para el sol y para la gente que me da asco”…..